En la hora en que la hora
no tiene importancia alguna
estoy tendido en el césped
contemplando las estatuas
de próceres sin historia.
Soy la pausa de un instante,
sin físico ni recuerdos.
como un Popeye sin fuerzas
sin reserva ni lata de espinaca.
He recorrido todos los caminos,
del acomodo fácil,
fui seductor
de chiquilinas pobres,
campeón de estómago contento.
¿De dónde vengo yo a quejarme de mi suerte?
Si lo que tengo todo lo heredé,
la facultad de descubrirme solo
el designio de ser y lo demás,
menos la libertad de la elección.
A la edad en que nos mandan a la escuela
debieran encerrarnos en una cueva,
que aprendamos a vivir como los topos.
Y debieran prohibirse las herencias,
los legados copiosos que hacen daño.
Los hijos debieran repartirse,
como el pan, los diarios y las legumbres,
y darnos ocasión, de elegir a nuestros padres.
No por carga del gen hereditario,
selector de la especie,
sino por propio apremio de la hora,
por urgencia, por necesidad,
como buscamos un donante de sangre...
De: "Trece poetas"
Ed. Del escritor, Julio de 1967.
