lunes, 28 de marzo de 2011

El Sillon Negro

Desde lo más complejo del metabolismo, un puñado de arvejas estofadas me embadurna las entraña. Y pesan despiadadamente sobre mi conciencia.
Cena ambigua, destilada de apuro. En pleno desayuno. Además todas esas cosas raras que me vienen sucediendo desde la mañana. Con más carácter hiperbólico que por definición premonitoria. Una especie de voto de censura. Previo a cualquier examen. Una exagerada admonición por un acto no realizado. Un acto que falta mucho para que se concrete. Cómo si de pronto hubiera llegado el tan temido día de la Mala Pata. Y no era tampoco, por el hecho fortuito o casi fortuito, de ser martes 13. No soy. ¡Ni núnca he sido supersticioso...! Sin embargo, el ánimo, siempre idiota, refractario a todo razonamiento de conciliación, se deja fácilmente engatusar por factores inconscientes. Cae en la trampa siempre lista de aportes francamente irrisorios. De ahí que nuestro espíritu se indisponga paulatinamente con la realidad y una suerte de trauma psicológico lo anula, al punto de subordinarnos a estados completamente irreales.
Lo que más me molesta es ese extraño aviso equis, punzándome el costado cerca de omega. Como una mecha...
Perdí el tren de las ocho menos cuarto. El de ocho menos diez llegó atrasado. Al subir me disloqué un tobillo. Todo Martinez parecía haberse concentrado en la estación. Algunos, parecía que no iban a viajar nunca. Pero estaban allí. Esperando. Estáticos. Boquiabiertos. Estúpidos. Compré el diario y le faltaba la sección central. La única que leo. Traté de encender el último cigarrillo y gasté siete fósforos, hasta que me di cuenta que no tiraba porque estaba roto. Como la caja de fósforos no tenía lija los frotaba contra la suela de un zapato. Entonces, las agujas de tejer de una señora que ya iba con el pullover de alguien por la mitad, me daban en la frente. A mi lado viajaba un gordo. Tenía mal aliento. Y alguien en la muchedumbre hacía cosas peores. ¡Impunemente...!. Y nadie era capaz de abrir una ventanilla.
Faltaba bastante para Retiro. A veces un viaje de media hora se hace largo. Interminable. Se me dio por observar el rostro de la gente. Rostros cansados. Con el cansancio matinal, todavía inmaduro. Gestando lentamente entre los nervios. Angustia acumulada en el desvelo nocturno. La mala digestión. Los mosquitos. El hígado. Los callos. Nerviosismo de abstinencia forzosa. Flojedad de abuso cotidiano.
Labios fofos. Estirados. Músculos en tensión. Vejigas comprimidas. Y para colmo esa indiferencia universal de todos. Ese qué me importa, tendiente a fingir un estado de ánimo interior, para no afectar un exterior apuntalado apenas. El bramido salvaje de las pampas contenido a flor de glotis con estoico desdén. El inventario espeso de todas esas ambiguedades sin catalogar. De esa meresunda absurda. Superman. Morcilla. Nena. Gotas. Depravado. Nalgas paspadas. Algodón. Fiebre. Cruz. Argelia. Arcángel...Y sobre todo; ¡trac-catrac...! ¡Trac-ca-trac...! ¡Trac-ca-trac...! ¡Trac-ca-trac...!. Incesante y monótono. Como las moscas...
En cada músculo. En cada mejilla, asoma diagramado el desconcierto. El descontento de tener que tomar ese tren para determinada parte. De tener incluso la obligación de bajarse. Ponerse a trabajar en una tarea rutinaria y deprimente. Prestar atención a cosas por las cuales uno no tiene el menor interés. Conformismo que bosteza distraído. Gente privilegiada en todas partes. Acomodados. Menos uno. En cambio otra gente, que por el sólo hecho de vivir mas lejos, toma el tren vacío y se sienta. Y silba. O lee. Por lo general, lee. Novelas por kilos. Lectura "despeñaperros", como dice mi tio Gemmo. Que englute sin digerir. Cómo un puré de héroes legendarios asomados en el perfil de cada página. Páginas escritas a la carrera, entre sopa y bife con ensalada. Aníbal Barca mil veces repetido con distinto nombre. Sólo que en lugar de manejar invencibles espadas cartaginesas, empuña revólveres mágicos. Cargados. Cargados. Cargados. Siempre cargados, con balas eternas. Y no yerran núnca. En cambio el pérfido Escipión, con su andar parecido al del vaquero villano y despreciable, cae derrotado al piel del mostrador. Ante el sheriff atónito. El cantinero impertérrito que sabe quitar la botella de whisky justo a tiempo. Un décimo de segundo antes que la hagan añicos. Porque al hombre sí; pero el whisky es sagrado. Y la cantante víctima de su especie, pero que al final es buena. Y se va con el muchacho. O el muchacho la va a venir a buscar otro día. Porque los naipes marcados. En el salón. Casi siempre...
Las crónicas noveladas, también tienen sus adeptos. El crimen del gallego. Corrupción en Barracas. Y las revistas especializadas. Cine. Radio. Deportes. Televisión. Con galanes en colores y estrellas estucadas. Llenas de cosas, que en casa, en la casa de uno no se encuentran. Y desligan lánguidamente pálidas negligées. Con astucia. Con sorna. Sin que jamás queden del todo como uno quiere. Y entonces, un suspiro tremendo estremece el vagón. Trepa hasta los ventiladores descompuestos y sale por la rejilla de ventilación en forma de pitada. Pitada japonesa.
La mente tiene en esos instantes, espejos vibrátiles que atormentan el alma. Para colmo, la chica que subió en La Lucila habla con una compañera. Casi de vereda a vereda. Y se le ha dado por comentar, cómo le fué ayer en Tigre. Ahora me pregunto yo: ¿Cómo hay gente que todavía insiste en ir al Tigre?...Un lugar húmedo. Lleno de mosquitos. De arañitas. De turistas sonsos, con bolsos vivos. Repletos de fruta. De pescado medio putrefacto. Trofeos tradicionales, que es como una tarjeta obligatoria. Caras cansadas. Piernas cortajeadas de explorar cada recreo. Dónde el patrón no pisa, pero que durante la semana se ocupa de enderezar la maleza tumbada durante el sábado-domingo. Naturaleza gratuita, que uno no sabe si estaba o lo puso algún vivo para explotarla. Aire cargado de niebla. De ácido salicílico, que es bueno no sé para qué. Pero el cansancio se acumula en tanto en los cuerpos. Y las glándulas trabajan con exceso. Y las matas de hortensias, tan tenues y pródigas, esconden su delicadeza bajo el barrillo inmundo que dejó la última inundación. Ques es como si Madame Butterffly saliera en camisón.
-Fijate que fui con Gervasio.
-¡No me digas...! ¿Y qué tal?...
-Bien...Resulta que tomamos el "Expreso Carapachay" a eso de las nueve de la mañana... -y le cuenta todos los detalles de la puesta en marcha de la lancha hasta la llegada-...vos sabés como son en casa. Por eso yo había ducho que iba a Luján con Clarita y las chicas, ¿sabés?...Pasamos un día divino.
-¿Si?...Contame...Contame ¿qué hicieron?...
-Bueno. Primero almorzamos a la orilla del río. Nos bañamos. Dimos varias vueltas por ahí...Y vos sabés que...
Y aquí la muy canalla baja la voz. Imagino que le estará contando de las hormigas. De las hortigas. O de cualquier otra cosa...Y al final, ¿qué me importa eso a mí?...
-Cuándo volvimos trajimos duraznos.
¡Ya lo decía yo...! ¡Robados!. Y lo confiesa así con desvergonzada petulancia. Ni siquiera da lugar a un lógico suspenso. Dar la noticia en forma de pregunta: ¿A que no sabés que trajimos? ¡Maldito sea..! ¿Quién me manda a mi escuchar lo que no debo?...Qué me puede importar lo que hizo. Dejó de hacer. ¿Trajo o no trajo, una mostacilla impuber en un islote lleno de jejenes?.
-Nos compramos un televisor ¿sabés?
-¡Regio...! Una noche de estas voy a ir a ver Los Cinco Latinos.
-¡Vení cuando quieras...!
¿Por qué la gente hablará durante el día de todas estas nimiedades?...¿De todas estas pavadas?...
-...y cuando vuelvas te voy a ir a esperar al Aeroparque.
-Muy bien. Te mando un cable avisándote el día y la hora. Así me ayudas a pasar el contrabando.
-¡Loco...!
Al fin algo sensato. Algo digno de ser escuchado. No hay derecho que tenga que trabajar en lo primero que encuentre. Yo soy cobrador de Segba. Mi mente y mi intelecto quizá no dieron para más. O tal vez no intenté. O lo intenté y no tuve suerte. ¿Quién se acuerda ahora?
Al llegar a Retiro me sacudí previamente como hacen los perros cuando salen del agua. No sé...Me sentía también un poco hermano-perro. Y en este acto reaccionario, sacudía, más que hipotéticas gotas de agua, hipotéticas pulgas que pudieran habérseme coloado subrepticiamente entre las ropas. O entre mis pelos. Después tomé un café en un copetín al paso. Pero me cayó muy pesado. Sobre todo los bollos con que acompañé el café. "Bollos a la madrileña", rezaba el cartelito torcido. Pero yo no hice caso, e igual los pedí. Seguramente debieron importarlos directamente de Madrid y el barco que los traía sufrió alguna cuarentena en Dakar o Santa Cruz de Tenerife. De todas maneras tomo nota. Los bollos a la madrileña, con el cartelito torcido, me caen pesados. Esta noche tendré pesadillas. Grandes animales se empeñarán en perseguirme. Me perseguirán hasta el borde de un barranco. Y quizás amanezca con el cuerpo lleno de moretones. No es la primera vez que sueño con animales así y me golpeo contra la mesita de luz.
Comienzo a trabajar desganado. Mi astenia no tiene cura y es de las que no mejoran los sicoanalistas. Ni da resultado una cucharada de Uvasal. Ni siquiera un tuil.
Visito varias casas. Abriendo y cerrando medidores. Enfrentando amas de casa en salto de cama. Feas. Con bigudíes y chancletas. Alérgicas. Insatisfechas. Rencorosas, que lo miran a uno como si intentaran sobonarlo cada vez...¿Qué tengo que ver yo con el gasto de la heladera de este mes?...¿O la plancha que quedó enchufada cuando se fueron a lo de tía Sabina en Ranelagh?...Y del foco que en el sótano, por la humedad...Que vaya a saber si miente. Y le muestran a uno. Y lo llevan a uno por pasillos oscuros. Con telas de arañas escondidas. Por escaleras con olor a humedad, es cierto. Y olor a comida de días atrás. Y le quieren pagar a uno. Menos con plata. Y la compañía no puede esperar. Uno puede hacer una gauchada. Si vale la pena, claro...Pero ¿cuántas al día?...Me pesan los párpados. Me pesan otras cosas. Estoy harto de medir fluido invisible escondido en los cables. Estoy harto de leer números que no alcanzo a leer. Y no quiero usar anteojos. De cabeza dura. Al final, ésa de recién, ¡no se habrá dado cuenta que hoy sólo estoy midiendo?...Qué a cobrar va a pasar otro colega dentro de unos días. Lo único que hice fue pedirle la llave, porque la mía no abría bien. Solamente la llave del medidor. ¿Por qué, digo yo, la gente entiende tan mal las cosas? ¿Por qué es así a vece?
Hay una paradoja incipiente inscripta en la persianita de cada medidor. Me siento mal. Los bollos. O tal vez he cometido una mala acción. Me esfuerzo por recordar, no puedo. Tengo ganas de entrar en algua parte y beber algo. No me animo a pedir en ninguna casa. Me contiene el temor que me den agua...Además ¿qué podría beber?
Recién cuando llego a la altura de Paraguay. Frente al número 471, para ser mas exacto, me di cuenta. Es decir, recién entonces advertí la cosa. La cosa que me sigue. Lógicamente es demasiado inverosímil. absurdo si se quiere, pero ya expliqué cómo estaba mi estado de ánimo predispuesto desde temprano a caer en cualquier trampa. Además, aunque parezca ilógico e incongruente la muy maldita está realmente allí.
Era un sillón...No sé si decir era un sillón o es un sillón. Debo decir es un sillón, porque existe. Lo veo nítidamente, y me sigue. Por supuesto que un hombre transporta el sillón. Un hombre con barbita puntiaguda. No sé bien. No capto bien este detalle pues el hombre no me afecta. En realidad no importa. El hecho que no le vea bien la cara se debe a que el sol le da de espalda. En ca,bio destaco perfectamente el sillón. Y es un sillón negro.
Contengo la respiración. Y me detengo un instante frente a la vidriera de una tienda. Está llena de ropas femeninas. Toda ropa etérea. Insondable. Vacía. Aparte de eso, cara. ¿Para qué?..El hombre-sillón se detiene detrás mío. Va en alpargatas y la camisa le cuelga detrás. Avanzo y frente a una botonería repito la detención. Escudriño el objeto a través del cristal del escaparate.
Es un sillón de mimbre. Tiene una pata rota. Una pata colgada. Como la pata rota de un perro herido. Para mí este detalle adquiere significado de un símbolo mortuorio. Algo semejante a un sillón fúnebre. De su alto respaldo cuelga dos cintas de terciopelo viejo. Muy verdoso. Parecen las tripas desbordadas de un vientre negro herido a mansalva de una cuchillada. Vida aparente en el trágico espesor del maderámen. Cordón umbilical duplicado, sin ligar siquiera.
El hombre que lleva el sillón es robusto. Lo lleva de una manera especial. Cómo si alguien viajara sentado en él. Alguien que estuviera por ejemplo, en estado de catalepsia.
Me estremezco de pánico. Un terror loco e irrefrenable se apodera de mí. De mis miembros. De mi corazón. Si es que este órgano funciona todavía y se sigue llamando así. Juro que si las piernas no me temblaran tanto, habría comenzado a correr.
Doblo por Maipú. Cruzo Viamonte, Tucumán, Lavalle. Miro hacia atrás y ahí sigue. A la misma distancia, al mismo paso regular, prosigue el seguimiento el misterioso ente de mimbre. Omito ya mencionar el nombre del objeto. Omito inclusive mencionarl al hombre. Lo único que realmente interesa es eso..Es como un totem. Podría ser la Cruz. No vería al hombre que llevara la Cruz. Solamente la Cruz.
Trato de pensar en otra cosa. En aquella vez que en la playa de San Isidro. En los juncales que dan sobre la playa vieja. Una playa llena de caracoles y sarandíes, dode me asustó un viejo con una cámara fotográfica al hombro. Yo estaba allí y se apareció de repente, emergiendo detrás de unos plumachos. Ella hizo como hacen todas las mujeres en una circunstacia semejante, pero no sé si tan rápido, por eso preguntó: "¿Nos habrá visto?". ¡Vaya pregunta estúpida....! Yo estaba igual que ella. Son juncales abandonados, núnca hay nadie, pero la pregunta, el viejo y no sñe que otra cosa que no podía abrochar me estufó. "Y...No es ciego el tipo, ¿no?". "¡Oh! ¡Si se entera Gaspar...!" ¡Uff! ¿Por qué siempre hay un Gaspar? "¿Pero quién le va a contar?" Gaspar tenía que ser un hermano. O el marido. O el primo. O tal vez el patrón...Sí. Ahora que lo pienso debería ser el patrón. En casi todos los triángulos, el patrón se llama Gaspar.
Después. En seguida casi, me olvidé del viejo. De Gaspar. Pero lo volví a encontrar en el ascensor de mi departamento. Antes de mudarnos a Martinez. La misma barbita. Sin máquina. Eso sí la barbita más cuidada. Mas gris y espesa me pareció. Cuando le pregunté a mi esposa Cristina si lo había visto, me dijo que no lo había visto. Y aunque el viejito silbaba la misma melodía que la orquesta, ahora no me acuerdo de quién, que sonaba en el combinado, mi esposa casi enojada repitió que no lo había visto. Y después dijo que iba a bañarse. Y era raro, pero al tipo no volví a verlo. Es decir no volví a verlo hasta hoy. Tengo casi la certeza que el que lleva el sillón es la misma persona. Puede que ahora esté afeitado. Pero la sombra del sol en la cara le hace como una barba.
¡Dios mío! Cómo me pesan las piernas. Esta persecución me tiene enloquecido. El reumatismo también. Homeopatía. Comprimidos. Sellos. Inyecciones. Acido úrico. Limón exprimido. Cada vez más. ¡Cada vez más...! Cruzo corrientes anhelante. Llego a Sarmiento. Doblo a la derecha. Diagonal. El sillón me pisa ya los talones. Es irremediable, me alcanza. Me acuerdo patente de la anécdota de un marinero suizo que viajaba con pasaporte griego en un buque norteamericano, y que al correr del tiempo conoce en un puerto francés a una española hija de italianos...Es muy larga la anécdota. Me la solían contar de chico. Yo sé otra versión. Pero aparte de esto, no me acuerdo de nada más. Se que no podré escapar. Me fatigo demasiado. La presión baja. El hálito concupiscente del extraño vengador me caldea el cuello. Los hombros. Su poder agarrota mis músculos...
Ya no tiene sentido seguir. Me detengo. ¿Para qué seguir huyendo?. Acepto resignado al destino. El Mercado del Plata se perfila allí con su mole inmensa e inútil. Cristal y cemento convertido en masa estática. Como un dios cuadrado que no ayuda a nadie. Los frescos. Los murales, parecen hechos a escupitajos de gigante. Buches de alquitrán y letergirio. Baldazos de óxido de cine. Sin embargo me subyugan. Es decir me subyugaron ayer. Hoy los miro y no significan nada. Ni siquiera imaginando que son fuentes de tallarines. Pollos deshuesados. Quesos de Holanda. Roquefort. Gorgonzolas. Muchos Gorgonzolas que vienen caminando...Me distraigo...Me distraigo. Y no puedo distraerme...Ahí nomás contra el pasaje Carabelas está eso. No es ventaja.
Sorpresivamente, giro sobre mis talones. Me doy vuelta lo más bruscamente posible. Súbitamente enardecido...En un tardío intento de rebelión, sabieno de antemano que estoy perdido.
Es entonces cuando ocurre lo incomprensible. Lo imposible. Y es tal el shock que experimento, que un escalofrío tremendo recorre mi columna vertebral. Cómo un soplo. Como una ráfaga que va desde el atlas al coxis y me produce en el estómago una sensación de vacío angustioso. Todo me parece inaudito...¡Increíble!. El sillón, ya no está allí...Ni mas lejos. Ni en la vereda de enfrente...En una palabra, ya no lo veo. Ya no me persigue...¡Me he librado de él...! Vuelvo a sentir la pesadez de los bollos en el estómago, pero la opresión en la espalda ha cesado. ¿No será que estoy sufiendo una especie de alucinación?...¿No será un desencuentro cerebral?...¿Una desviación temporaria de los sentidos?
No puedo explicarme semejante defección. Un sillón no puede truncar así de repente una persecución que es ya de su dominio absoluto. No puede claudicar en el instante justo de la victoria. Y menos desaparecer así de golpe, absurdamente. ¡No puede defeccionar en el instante mismo de la verdad...!
¿Qué ha pasado?...¿Qué puede haber pasado?
Mi curiosidad vence toda cautela. Me siento estimulado por el horror. Retrocedo. Es decir, avanzo. Cruzo Carabelas con luz roja. ¿Quién hace caso de los semáforos ya?...Un señor vestido de gris. Con anteojos negros y un pito en la boca, me dice algo. Algo frena cerca mío. Y de eso, algo dicen también. Pero yo sigo. Siempre por Sarmiento. Cinco. Diez pasos. Enfrente el 940...Me encuentro frente a una escobería. Sillonería. Canasteria...¡Oh!...Por poco me desternillo de risa. Por poco me muero ahí mismo sin confesarme...Es qué no es para menos...
Ahí mismo está el sillón. Tirado en el suelo. Humillado. Sangrante con su pata rota. Como un héroe vencido y puesto en ridículo frente al enemigo. El hombre está de espaldas. Señala el sillón y gesticula. Habla. Trata con el canastero. Anciano. Parco. Sencillo. No halla eco a su demanda. Discute acaloradamente. Pichinchea como un feriante...¡Al hombre no le conviene el precio del arreglo...! Que hermoso pretexto para gozar...Sale enojado. Iracundo. Con el sillón cruzado irreverentemente sobre los hombros.
Contemplo la escena a través de las cortinas doloridas de mis pestañas. Con mirada de gavilán en acecho. ¡Sillón infame...! Comienzo a seguirlo. Despacito...

                                                                                         Fin

No hay comentarios:

Publicar un comentario